“Por supuesto que los matamos. ¿Qué esperaba usted?”

Enriqueta y José eran un matrimonio normal y corriente de Velez de Benaudalla, un diminuto pueblo de la sierra de Granada. Tenían seis hijos, tres hombres y tres mujeres. Su historia me la contó Concha, la hija mediana de Enriqueta.

Concha es el vivo ejemplo de una mujer a la que ningún obstáculo ha conseguido borrar la sonrisa de la cara. Concha sonreía hasta cuando lloraba. Sonríe hasta cuando narra cómo los “señoritos del pueblo” vinieron a buscar a su padre para ajusticiarle. “El 2 de marzo del 37”.

Enriqueta y su marido

Enriqueta y su marido

Él no estaba entonces en casa, sino con sus cabras. Era pastor. Cuando regresó decidió huir junto a sus dos hijos varones más mayores. “Me voy, a ver si me salvo”, dijo. José, que así se llamaba su padre, murió congelado en la sierra, según contó un vecino del pueblo que sí consiguió regresar. De los dos hermanos, nunca más se supo.

Los falangistas volvieron pocos días después buscando a la madre de Concha, Enriqueta. No eran del pueblo. “¡Enriqueta!”, gritaban desde las calles. Ella se escondió. No así una vecina del mismo nombre y de reconocida “ideología de derechas” que salió a ver qué pasaba. Nadie la reconoció y fue rapada. La Enriqueta de izquierdas, la matrona de esta pequeña localidad, se libró de la humillación.

Con el marido muerto y dos hijos desaparecidos, Enriqueta tuvo que sacar adelante a sus otros cuatro hijos. La consigna de partida estaba clara: “Nunca serviremos en casa de ningún señorito”, repetía esta mujer, según relata Concha, quien en 1936 tenía solamente seis años. Y así fue.

Enriqueta y Concha, madre e hija, realizaban casi semanalmente un trayecto de 34 kilómetros para traer tabaco, harina y aceite de estraperlo. 20 kilos a cuestas. El tabaco y el aceite lo vendían. Con la harina hacían pan.

Manuela y Encarna, las hermanas de Concha, trabajaban en casa cosiendo pantalones, cocinando pan o con cualquier otra labor. Así como cuidando de Miguel, el pequeño de los hermanos, quien pronto también tuvo que empezar a trabajar.

El futuro de esta familia quedó quebrado por la Guerra Civil. El nuevo régimen condenó a Enriqueta y a sus hijos y también a los nietos de Enriqueta a una vida de miseria. Sólo los bisnietos de Enriqueta han podido comenzar una vida normal con plenos derechos.

Una multa después de 4 años muertos

Cuando hablé con Luis Pla tenía 87 años. Sinceramente, desconozco si hoy, tres años después de habernos conocido, sigue con vida. En caso de que así sea, Luis Pla tendrá ahora 90 años. Este hombre fue testigo directo de la masacre de Badajoz, una de las mayores matanzas de la Guerra de España, en agosto de 1936, cuando apenas tenía 11 años.

El padre y el tío de Luis, que se llamaban Luis y Carlos, fueron encarcelados cuando las tropas del General Yagüe conquistaron Badajoz. Apenas unos días después, unos soldados franquistas les dijeron que estaban libres, que se podían ir. Luis y Carlos cogieron sus escasas pertenencias y emprendieron el camino a casa. A bocajarro y por la espalda fueron ejecutados por los militares.

Imagen de la matanza de Badajoz.- DIPUTACIÓN DE BADAJOZ

Imagen de la matanza de Badajoz.- DIPUTACIÓN DE BADAJOZ

Tres meses después de sus asesinatos, el nuevo Estado franquista abrió un juicio contra Luis Pla, padre de nuestro Luis. Se le juzgaba, según me contó Luis hijo, por ser culpables de actividades marxistas y rebeldes, contribuir al triunfo del Frente Popular y de poseer los rublos con los que Rusia estaba financiando la revolución en España.

La Audiencia de Cáceres condenó a la familia Pla a pagar 75.000 pesetas por el cargo de pertenencia a partidos políticos ilegales, según la Ley de Responsabilidades Políticas creada ad-hoc por el franquismo. Cuando llegó la condena, los dos hermanos ya llevaban casi cuatro años muertos y la multa recaía sobre una maltrecha economía familiar.

Los negocios y bienes de la familia Pla habían sido incautados por la nueva autoridad militar, la flota de vehículos de la empresa del padre de Luis fueron saqueados por las tropas de Yagüe y, según me contó la propia víctima, el coche personal de su padre pasó a ser disfrutado por el propio Yagüe.

La familia Pla había cometido el error de ser una familia burguesa de izquierdas en una zona de derechas. Tenían muchos negocios en Extremadura relacionados con la industria del automóvil, la distribución de Campsa y alguna explotación agraria. Los dos militaban en el partido de Manuel Azaña, Izquierda Republicana. A los Pla se les ejecutó por demócratas. Por republicanos. En definitiva, por pertenecer a la anti-España.

Fusilados el día de su boda

Arturo Lodeiro y Julia Muñoz se casaron el 27 de abril de 1940. Cuando se casaron ya tenían una hija de dos meses. Arturo fue fusilado ese mismo día.  De hecho, nunca llegó a ver a Julia Muñoz como esposa. Se casó en articulo mortis. Tenía 35 años. El certificado de Instituciones penitenciarias refleja: ¿Delito? “No consta”.

Arturo y Julia en Chiva-1936. Fotografía cedida por la familia

Arturo y Julia en Chiva-1936. Fotografía cedida por la familia

En su última carta, horas antes de ser fusilado, Arturo daba cuenta a Julia de su voluntad:

“Adorada esposa: En este momento realizo mi voluntad por lo cual puedo llamarte al final de mi vida, esposa mía, y a mi niña, hija verdadera. A pesar de que los momentos no son de los más agradables, al menos me cabe la alegría de haber cumplido contigo como Dios manda. Ya, querida nenita, puedes llamarme esposo, y cuando hables a nuestra Julina de mí, le digas que su papaíto la quería mucho por ser hija tuya y por quererte como jamás quise. Tú, Julia mía, procúrate una relativa y sana felicidad. No le des a mi nena un padre que sea malo”, escribe Arturo.

“No le eduques en la venganza hazle saber la necesidad que tiene de querer”, escribe el hombre, cerrajero de profesión, quien insistió vehemente en que Julia no guardara rencor a nadie por su ejecucción: “Ya sabes que no quiero rencores, acepta esto con la mayor resignación y considéralo como lo que es, un error”.

Hace tres años conocí a Julia Mota, la hija de Julina y la nieta de Arturo y Julia. “¡Lo mataron sin saber por qué! Es mi deber moral que esta historia se conozca”, cuenta indignada Julia Mota, 68 años después de la ejecución de su abuelo.

No obstante, no estoy de acuerdo con eso de que los mataron sin saber por qué.

A Arturo, a José y al padre y al tío de Luis Pla los mataron por ser de izquierdas. Hoy día se escucha mucho el discurso de los mataron por nada. Los mataron por que sí. Pero sí que los mataron por algo. Los mataron por luchadores. Por rojos, por demócratas, por anarquistas, por comunistas, por sindicalistas, por republicanos o simplemente por participar en una huelga obrera o en una manifestación. Por querer más educación. Por querer menos iglesia. Los asesinados eran luchadores. Y es una idea que me parece muy importante no olvidar.

La Antiespaña

Cuando el 18 de julio de 1936 se lanza el golpe de Estado, capitaneado por el general Mola, la voluntad de los militares golpistas no era acceder al poder lo más rápido posible sino también aniquilar al enemigo.

Narra Ángel Viñas en su última obra, La otra cara del Caudillo, que Franco admiraba las tradiciones militares alemanas y que entre estas figuraba el principio de que la destrucción lo más completa posible de las fuerzas enemigas como el principal objetivo de la guerra. Así, la atracción por la forma en los alemanes solían hacer la guerra fue fácilmente combinable con su necesidad más acuciante de triturar al adversario, en este caso la anti-España.

Paul Preston, en El holocausto español, señala que la represión orquestada a raíz del golpe de estado del 18 de julio fue una “operación minuciosamente planificada” para, en palabras del general Emilio Mola, “eliminar sin escrúpulos ni vacilación a todos los que no piensen como nosotros”.

El enemigo, por tanto, no era, o no era sólo, los militares leales al Gobierno legítimo de la República. El enemigo era todo aquel, que como señaló Mola, “no pensara” como ellos. El enemigo era todo lo que fuera de signo contrario o reticente a la España imperial, católica, apostólica, jerárquica, tradicional.

Por tanto, el enemigo era lo que el bando franquista conceptualizó como la anti-España: los hombres y mujeres modernos, progresistas, demócratas, laicos, liberales, marxistas, republicanos, sindicalistas, anarquistas… Por explicarlo de una manera simple, la línea que puede diferenciar a la España Eterna, defendida por el ejército sublevado, de la conceptualizada como anti-España era, cogiendo prestada una idea del historiador Eric Hobsbawn, la Ilustración.

Cuando hablamos de los crímenes del franquismo o los crímenes del ejército franquista, no estamos hablando solamente del asesinato de personas o de los 20.000 fusilados de 1940 con la guerra ya terminada.

El franquismo, y sus crímenes, fue mucho más. Los crímenes del franquismo engloban desde los campos de concentración, encarcelamientos masivos, mortandad de hambre en las cárceles al más puro estilo nazi, destierro, exclusión social, listas negras, ejecuciones sumarias, rapado de cabeza a las mujeres, aceite de ricino, robo de bebés a niños, incautación de bienes, expolio…

El historiador Francisco Moreno Gómez, quien, probablemente sea el que más y mejor haya estudiado la represión franquista, señala que lo que sucedió en España desde 1936 hasta el final de la II Guerra Mundial fue un “acta notarial de un ensayo terrible del fascismo que los sectores reaccionarios españoles (cuartel, casino y sacristía), a imitación del Eje Roma-Berlín, llevaron a cabo en España, mediante el golpe militar del 18 de julio de 1936, que derivó en una terrible Guerra Civil, cuyo final en 1939 no trajo la paz, ni la reconciliación”.

El objetivo de las fuerzas militares sobre las que se asentó el nuevo Estado franquista tenía por objetivo “la desintegración de las instituciones políticas y sociales, de la cultura, de los sentimientos nacionales, y de la existencia económica…” Y para ello era necesario también la destrucción de la seguridad personal, de la libertad, de la salud, de la dignidad, e incluso de la vida de los individuos que pertenecen a tales grupos.

Genocidio y crímenes de lesa humanidad

Definición genocidio y crímenes de lesa humanidad

Definición genocidio y crímenes de lesa humanidad

El hecho de que como hayamos visto exista un grupo objetivo al que van dirigido los ataques y, por otro lado, haya un plan de exterminio y una voluntad de manifiesta de matarlos convierte los crímenes del franquismo en, bajo mi interpretación personal, un genocidio, o en la interpretación de otros, en crímenes de lesa humanidad.

El juez Garzón abrió la causa en la Audiencia Nacional interpretando que se trata de crímenes de lesa humanidad por el hecho de que había un ataque generalizado o sistemático contra una población civil que sufre asesinatos, secuestros, torturas, desapariciones. El objetivo de la acción criminal, en el caso de crímenes de lesa humanidad es provocar la destrucción de la población civil de forma indiscriminada. Crear el pánico y el caos.

Los abogados de la Querella Argentina, sin embargo, han acudido a Argentina calificando los crímenes del franquismo como un genocidio y, de manera subsidiaria, como crimen de lesa humanidad.

La diferencia fundamental entre el genocidio y el crimen de lesa humanidad es que en el genocidio el represor pretende la destrucción, total o parcial, de grupos humanos. Se ataca a los individuos, obviamente, pero el objetivo es atacar a los grupos humanos.

Bajo mi punto de vista, los crímenes del franquismo son un genocidio porque atacan a un grupo político concreto: al grupo que los franquistas habían llamado la AntiEspaña. No obstante, la definición que se otorga a genocidio en la Convención contra el genocidio dice: “Se entiende por genocidio  cualquiera de los actos mencionados a continuación , perpretados con la intención de destruir, total o parcialmente, a un grupo nacional, étnico, racial o religioso”

La letrada Ana Mesuti explica a la perfección por qué los crímenes del franquismo pueden encajar dentro de esta definición. Para Messuti este grupo que nosotros llamamos la AntiEspaña es un grupo político que tiene cabida dentro del grupo nacional.

Su explicación es que excluir a los grupos políticos quita el sentido al propio concepto del genocidio sobre todo porque la mayor parte de los genocidios no han sido contra naciones enteras sino una parte de la nación contra otra parte, contra otro grupo político.

No obstante, tanto el genocidio como los crímenes de lesa humanidad se trata de acciones imprescriptibles. Es decir, que la Justicia puede juzgarlos pase el tiempo que pase.

Los contratos y la sistematicidad

Los dos factores claves son, por un lado, el grupo político, la antiEspaña. Y por otro lado, los planes de exterminio que había. Quiero detenerme aquí a continuar explicando el otro factor clave.

En este punto, cabe preguntarse: ¿los crímenes del franquismo estaban premeditados o fue una consecuencia de la violencia que desencadenó la Guerra Civil y el estado de locura colectiva que se vivió en la península? En este punto no cabe otra que volver a las fuentes primarias. Es decir, a los documentos que tenemos de los días antes de la guerra.

Los contratos con la Italia de Mussolini

Antes de relatar las órdenes de los golpistas conviene deternos en un hecho descubierto hace relativamente poco, tres o cuatro años, por el historiador Ángel Viñas.

El 1 de julio de 1936 monárquicos y conservadores españoles firmaron con la Italia fascista de Mussolini un contrato por el que Italia suministraba cuatro docenas de aviones (bombarderos, cazas, hidroaviones) que, parece evidentemente, no estaban destinados a apoyar una mera sublevación.

Un SM.81 en misión de bombardeo diurno con escolta de cazas italianos Fiat C.R.32 'Chirri'

Un SM.81 en misión de bombardeo diurno con escolta de cazas italianos Fiat C.R.32 ‘Chirri’

En aquella época Calvo Sotelo no había sido asesinado aún, por lo que la tradicional excusa de que el golpe fue una respuesta al atentado contra Sotelo cae por su propio peso. (13 de julio)

Indica también Ángel Viñas que aún nos queda por saber si el viaje del general Sanjurjo junto al teniente coronel Beigbeder a Berlín en la primavera de 1936 quedó, como siempre se ha especulado, sin consecuencias o sí, por el contrario, condujo a ciertos contactos de alto nivel de los que habrían querido aprovecharse militares.

El plan de exterminio

Pero, ¿por qué mantenemos que era voluntad de los golpistas el exterminio de lo que hemos venido a llamar la antiEspaña? Aquí no cabe otra opción que citar los documentos preparativos del mismo golpe.

En este sentido, cabe recordar las declaraciones que el General Francisco Franco realizó el 27 de Julio de 1936 al periodista Jay Allen, del Chicago Daily Tribune: “Nosotros luchamos por España. Ellos luchan contra España. Estamos resueltos a seguir adelante a cualquier precio”. Tras estas palabras, Allen agregó: “Tendrá que matar a media España”. Entonces, según narra Allen y viene recogido en el auto del juez Baltasar Garzón, Franco giró la cabeza, sonrió y mirando al periodista firmemente dijo: “He dicho que al precio que sea”.

Tras proclamar el estado de guerra el 19 de julio de 1936, Mola dijo en Pamplona: “El restablecimiento del principio de autoridad exige inexcusablemente que los castigos sean ejemplares, por la seriedad con que se impondrán y la rapidez con que se llevarán a cabo, sin titubeos, ni vacilaciones”.

Poco después, convocó una reunión de los alcaldes de la provincia de Navarra y les advirtió:

“Hay que sembrar el terror… hay que dar la sensación de dominio eliminando sin escrúpulos ni vacilación a todos los que no piensen como nosotros. Nada de cobardías. Si vacilamos un momento y no procedemos con la máxima energía, no ganamos la partida. Todo aquel que ampare u oculte un sujeto comunista o del Frente Popular, será pasados por las armas” .

General Mola

General Mola

El llamamiento al terror, por tanto, no sólo era contra los que habían votado al Frente Popular. También contra todo aquel que se opusiera al golpe militar. En su instrucción número 3, Mola ordenaba la purga inmediata de quienes se opusieron al Movimiento “no dejando ningún enemigo de peligro libre y procediendo con la mayor energía”.

La instrucción número 5, del 20 de junio, establecía: “Ha de advertirse a los tímidos y vacilantes que aquel que no está con nosotros está contra nosotros, y como enemigo será tratado. Para los compañeros que no sean compañeros, el movimiento triunfante será inexorable”.

El 24 de junio, Mola envió instrucciones precisas a Yagüe, el responsable de la matanza de Badajoz. Destacaba tres factores decisivos: violencia extrema, tempo y alta movilidad: “El movimiento ha de ser simultáneo en todas las guarniciones comprometidas y, desde luego, de una gran violencia. Las vacilaciones no conducen más que al fracaso”. Apenas seis días después, Yagüe recibía de Mola una serie de 25 instrucciones más detalladas y no se puede decir que Yagüe no las ejecutara con ejemplaridad.

Días después, el 31 de julio, la prensa francesa publicó que Prieto había sido elegido por el Gobierno de la República para negociar con los rebeldes, Mola exclamó: “¿Parlamentar? ¡Jamás! Esta Guerra tiene que terminar con el exterminio de los enemigos de España”.

Así, Preston también recoge las declaraciones de Mola a su secretario, José María Iribarren: “Una guerra de esta naturaleza ha de acabar por el dominio de uno de los dos bandos y por el exterminio absoluto y total del vencido”. Ejercer el terror, por tanto, cumplía el objetivo a corto plazo de atajar la resistencia y garantizar que el territorio fuera de los rebeldes.

Por esta razón -dice Preston- se llevaron a cabo en los tres meses siguientes a la toma del poder la mitad de las ejecuciones. A la larga, en cambio, este método de sembrar el terror, era necesario para la aniquilación de todo lo que significaba la II República, ya fuera el desafío específico a los privilegios de los terratenientes, los industriales, la iglesia católica y el Ejército.

La limpieza donde no hubo guerra

De hecho, fue en las regiones de España en las que el golpe militar halló poca o nula resistencia donde las verdaderas intenciones de los rebeldes se manifestaron con claridad. La ejecución de sindicalistas, miembros de partidos de izquierdas, oficiales municipales electos, funcionarios republicanos, maestros de escuela y masones, gente, en definitiva, que no había cometido crimen alguno.

El comandante de la Guardia Civil de Cáceres, uno de los primeros en adherirse al golpe, lo calificó de una “amplia limpieza de indeseables”. En Navarra murieron asesinados 2.822 hombres y 35 mujeres. Otras 305 víctimas murieron por malos tratos o desnutrición en la cárcel. Uno de cada diez votantes del Frente Popular en Navarra falleció en las purgas, según datos de Paul Preston. Tampoco otras regiones del norte se libraron de la matanza.represion

En Logroño, donde tampoco hubo guerra, a finales de diciembre de 1937 se habían producido cerca de 2.000 ejecuciones en la provincia, incluidas más de 40 mujeres. En el curso de la Guerra, el 1% de la población total fue ejecutada.

La experiencia de los prisioneros republicanos en Logroño se conoce gracias, en buena parte, a las memorias de Patricio Escobal. ¿Quién era Escobal? Escobal pudo haber sido el Fernando Hierro o, incluso, Sergio Ramos actual. Era el capitán del Real Madrid y miembro del equipo que participó en los Juegos Olímpicos de 1924. Gracias a su fama, Escobal escapó de la muerte y pudo escribir sus memorias, que se pueden encontrar con el título Las Sacas y, que, por otra parte, son altamente recomendables.

En Valladolid, por poner otro ejemplo, hubo 2.000 asesinados en la provincia y cerca de 3.000 encarcelados durante la Guerra Civil y los primeros años de dictadura. La Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica de Valladolid ha recuperado mediante el proyecto Todos los Nombres la situación de los cerca de 7.000 vallisoletanos represaliados reflejando cómo sólo en el mes de agosto casi 550 personas fueron asesinadas o desaparecieron para no volver a aparecer jamás. En septiembre la cifra de asesinatos alcanza a unas 260 personas, y en octubre a unas 125. Casi mil vallisoletanos fueron asesinados en menos de tres meses, y otros dos mil fueron encarcelados.

Vidas como las de Herminio Agudo, que fue ejecutado apenas unos días después del golpe de Estado dejando viuda y dos niños. O Ambrosio Alejo, cuyo acta de defunción refleja una fractura de cráneo junto a una amputación del brazo derecho. O la Valentina Almaraz, que fue paseada el 8 de agosto de 1936 cuando tenía 31 años y cinco hijos. Los falangistas que la mataron estaban buscando a su marido, a quien por cierto mataron al día siguiente.

En Ávila sucedió más de lo mismo. En este caso me quiero detener en el relato de María Martín, quien en 2013, cuando ofreció su testimonio para el documental Vencidos, tenía 83 años. María tenía seis años cuando estalló la guerra. Era demasiado niña para entender qué estaba pasando a su alrededor, pero no para sufrir el fusilamiento de su madre y la represión en sus propias carnes. Desde los seis hasta los 17 años fue purgada decenas de veces con aceite de ricino y guindillas. María Martín. (Ávila, 1930)

María Martín.- FOTO CEDIDA POR EL DOCUMENTAL VENCIDXS

María Martín.- FOTO CEDIDA POR EL DOCUMENTAL VENCIDXS

“Mi padre me decía que nunca llorara aunque me viera con las tripas en la mano. Así hago. Aunque, tantas cosas van ya, que no sé si tirar para atrás o para adelante. Yo no creo ya ni en mí.

Mi padre se llamaba Mariano. Era labrador y ganadero. Mi madre, Faustina. La llamaban La Grifa porque tenía el pelo rizado. El primer recuerdo que tengo de ella es el día que se la llevaron. Estábamos en casa de una vecina viendo cómo entraban los moros. Vino un señor, mandado por quien fuera, que me agarró de los hombros y me separó de mi madre para llevársela. Ya no la volví a ver hasta el 20 de septiembre, que la soltaron para que fuera a buscar mil pesetas a cambio de que no la mataran. Como no las tenía, la mataron al día siguiente. Mi hermana se enteró de cuando la llevaban a matar, y fue corriendo detrás, pero no le dejaron despedirse de ella. Un guardia civil le pegó con la culata del fusil y la tiró al suelo. Ese día mataron a 27 personas. Las cuatro mujeres fueron desnudadas. No nos permitieron recuperar la ropa.

Luego nos echaron de nuestra casa. Como estaba arrendada entraron y nos tiraron todo por el balcón. Se quedaron las cosas de la casa y los comestibles. Enseguida se hizo una aristocracia en el pueblo, y allí en el cuartel de la Guardia Civil se iban repartiendo lo de todos: una sábana para ti, otra para mí; aquí sobra una, pues un cacho para cada uno.

Mi padre no estaba en el pueblo cuando mataron a mi madre. Ellos no estaban casados en España, se habían casado en Francia. Pero cuando volvieron de allí no les querían dejar estar juntos porque decían que ese matrimonio no era válido. Mi padre les respondió que sólo se casaba una vez, y por ahí le empezaron las guerras. Lo metieron en la cárcel, lo acusaron de que había sido alcalde: ¿cómo iba a haber sido alcalde si era analfabeto? Él se dio cuenta que tenían intención de matarlo, así que con la ayuda de alguien influyente que le tenía aprecio simuló que lo habían matado. Vinieron al pueblo gritando: “Lo han matado, lo han matado” y todos nos creímos que lo habían matado. Mi madre también. Pero él se había escondido en un pueblo cercano a Ávila. Fue a partir de septiembre de 1936.

(…) La primera vez que nos hicieron lo del ricino yo tenía 6 años. Nos recogieron por todas las calles y nos llevaron a la Iglesia, a rezar el rosario y cantar la Salve. Nos llevaban a rezar y “a pedir a Dios que fuéramos más buenos.” Luego nos repartieron entre el ayuntamiento, las escuelas y el cuartel de la Guardia Civil. Allí daban el aceite de ricino y las guindillas a los niños de 6 años como yo, que era la más pequeña, porque mi madre no podía ir por mí, pues ya la habían matado. A los niños nos daban medio litro de aceite de ricino con diez guindillas y a los mayores y las mujeres embarazadas, el litro entero con veinte. Una señora, que estaba embarazada, les dijo que si no les daba pena hacerle eso a niñas como nosotras, y le respondieron que si ella se tomaba su ración a nosotras no nos la daban. Se la dieron, lo de ella, lo de mi hermana y lo mío. Cuando se lo bebió le dijeron: “Tú es que no tenías bastante y querías más, pero no te apures que ellas tienen aquí lo suyo”. Aquel día estuvimos desde las 9 de la mañana hasta las 8 de la noche. Luego ya no nos volvieron a juntar más, nos iban llamando por separado, cada día a una persona diferente. Cuatro o cinco veces al año, o más, cuando se les antojaba. La última vez que me lo hicieron a mí fue cuando yo cumplí los 17 años. Vinieron los maquis al pueblo y ellos creyeron que yo los había visto. Esa tarde mataron a uno de los caciques del pueblo.

(…) En realidad nosotras nunca le contamos a nuestro padre lo del ricino. Él hubiera ido a por ellos, y luego lo habrían matado a él. Siempre nos protegía y nos defendía, así que lo protegimos también. Murió a los 85 años y nunca lo supo. Tampoco nunca se quiso volver a casar con otra mujer. Decía que no había ninguna que pudiera ocupar el puesto de mi madre. Siempre le poníamos flores donde la enterraron, y yo se las sigo poniendo. Tampoco he dicho nunca el nombre de los que le daban las palizas a mi padre, ni de los que nos daban el ricino y las guindillas. Los hijos de los asesinos han sido mis compañeros de escuela, y guardamos buena relación, por eso yo nunca les contaré lo que hicieron sus padres. Ellos no tienen la culpa.

(…) El 7 de diciembre de 1963 nació mi primera hija. Mi hermana me acompañó al hospital, en Madrid, a dar a luz, pero tuvo que marcharse a trabajar. El médico y la enfermera se miraron. Me empezaron a dar unas contracciones muy fuertes, pero la enfermera me decía que no apretara. Entonces yo hice un gesto para contener la respiración. Digo yo si la enfermera creyó que era para hacer más fuerza. Me dijo otra vez que no apretara, y me dio dos bofetadas, a dos manos. Me entraron ganas de hacerle tragar sus gafas, pero pensé: “María, que estás en sus manos y te puede hacer daño a la criatura”. Así que me contuve. Me cruzó las piernas y se sentó encima de mí. Luego vino el médico y le preguntó a la enfermera que qué pasaba. Le contestó: “Nada, éstas de pueblo, que son unas animales.” El médico dijo que el parto era inminente, pues la niña estaba perdiendo respiración. Me llevaron corriendo al quirófano y me anestesiaron. La niña nació, pero yo todavía no la he visto. (…) Yo siempre he sospechado que a mi niña me la robaron, por eso pido que digáis que si hay alguna mujer que sospeche que sus padres no son sus padres, y que su nacimiento fuera en esas fechas, por favor, que se ponga en contacto conmigo.”

A la par que los rebeldes ejercían esta oleada represora en el extremo noroeste de España, horrores similares acontecían al sur y al este de la península Ibérica.

En las Islas Canarias, donde la sublevación había triunfado de inmediato, no hubo muertes a manos de los republicanos y, sin embargo, se ha calculado que los insurgentes mataron a más de 2.500 personas en el curso de la guerra.

1.Jose Carlos Schwartz | 2.El obispo de la diócesis canaria Pildaín con las autoridades militares inaugurando el internado de San Antonio en Las Palmas. Cedida por Sergio Millares | 3.Falangistas por las calles de Las Palmas durante la Guerra Civil | 4. Foto José Deni |5. Sección Femenina de Falange desfilando por una localidad canaria | 6.Excavación en los 'pozos del olvido de Arucas' donde aparecieron 24 cadáveres. FOTOS CEDIDAS POR SERGIO MILLARES

1.Jose Carlos Schwartz | 2.El obispo de la diócesis canaria Pildaín con las autoridades militares inaugurando el internado de San Antonio en Las Palmas. Cedida por Sergio Millares | 3.Falangistas por las calles de Las Palmas durante la Guerra Civil | 4. Foto José Deni |5. Sección Femenina de Falange desfilando por una localidad canaria | 6.Excavación en los ‘pozos del olvido de Arucas’ donde aparecieron 24 cadáveres. FOTOS CEDIDAS POR SERGIO MILLARES

En Baleares, se estiman que los fusilados por parte del ejército franquista ascienden a 2.000 ejecuciones. Sólo en Mallorca están documentadas 1.200 ejecuciones.

La represión de Queipo

En Andalucía, la conquista comenzó por Cádiz donde fusilaron sin piedad en los primeros días al gobernador civil, al presidente de la Diputación, al abogado del ayuntamiento, a un diputado socialista y a numerosos militares por negarse a apoyar el golpe. Al alcalde lo fusilarían un mes después. Estaba de vacaciones en Córdoba, donde lo detuvieron. Paul Preston cuenta con detalle cómo aniquilaron al resto de izquierdas.

“En primer lugar, los rebeldes sellaron las Puertas de Tierra que cerraban el tómbolo que unía Cádiz con el resto de España. Grupos de falangistas, guardias civiles y regulares procedieron a continuación al registro y saqueo de viviendas. Se produjeron detenciones en masa de liberales e izquierdistas, masones y sindicalistas. A algunos los fusilaron directamente en la calle; a otros se los llevaron a la sede de Falange, en el casino, para someterlos a sádicas torturas. Los obligaron a beber aceite de ricino y alcohol industrial mezclado con serrín y miga de pan, y, si por el dolor abdominal no fuera suficiente, les propinaron brutales palizas. Se estableció el llamado Tribunal de Sangre, que cada día seleccionaba a 25 detenidos para su ejecución. En los cinco primeros meses posteriores al golpe militar se fusiló a unos 600 detenidos, y a más de 1.000 durante la Guerra Civil. Otros 300 fueron ejecutados entre el final de la guerra y 1945. Estas cifras no incluyen a los que murieron en las cárceles a consecuencia de las torturas”. Que, seguramente, no serán pocos.

De Cádiz, las tropas rebeldes, bajo el mando del general Gonzalo Queipo de Llano, fueron conquistando Andalucía Occidental al amparo de la proclamación del bando de guerra difundido por Queipo de Llano el 18 de julio, que decretaba con contundencia el fusilamiento de todo el que se opusiera a la sublevación. El ambiente que se vivió aquellos días en la provincia puede recrearse a través de las palabras del monárquico José María Pemán, que fueron retransmitidas por Radio Jerez el 24 de julio.

“La Guerra con su luz de fusilería nos ha abierto los ojos a todos. La idea de turno político ha sido sustituida para siempre por la idea de exterminio y de expulsión, única válida frente a un enemigo que está haciendo un destrozo como jamás en la Historia nos lo causó ninguna nación invasora”.

Un día antes, la radio emitía otro discurso de Queipo de Llano que decía así: “¡Morón, Utrera, Puente Genil, Castro del Río, id preparando sepulturas! Yo os autorizo a matar como a un perro a cualquiera que se atreva a ejercer coacción ante vosotros; que si lo hiciereis así, quedaréis exentos de toda responsabilidad”.

Y ahí continúa la idea que trataba de difundir Queipo sin descanso. Si no quieres que te maten, únete al Movimiento y ponte a matar como un loco.

Ese mismo día, el 23 de julio, el general volvió a emitir un bando en el que anunciaba abiertamente que cualquier líder huelguista detenido sería fusilado, junto con un número igual de trabajadores en huelga que serían elegidos a discreción de las autoridades militares y, a continuación, que quien desobedeciera los bandos sería fusilado sin juicio. Repite la misma idea: Si no estás con nosotros, te matamos.

Pero, por si acaso, los locales se resistían a aplicar las sangrientas órdenes de los militares golpistas, Queipo de Llano ordenó a la prensa que publicara el 12 de agosto el siguiente párrafo: “Serán considerados como enemigos beligerantes no sólo aquellos que se opongan a la causa, sino los que los amparen o recomienden”.

El espectáculo sangriento llegó a tal nivel que el propio jefe del aparato de propaganda de Queipo, Antonio Bahamonde, renunció al cargo tras presenciar con horror las atrocidades de los mandos de Queipo. Así, Bahamonde  escribía sobre las atrocidades de Díaz Criado, hombre de confianza de Queipo:

“Él decía que, puesto en el tobogán, le daba lo mismo firmar cien sentencias que trescientas, que lo interesante era ‘limpiar bien a España de marxistas’. Le he oído decir: ‘Aquí en treinta años no hay quien se mueva’. No admitía visitas; sólo las mujeres jóvenes eran recibidas en su despacho. Sé de casos de mujeres que salvaron a sus maridos sometiéndose a sus exigencias”.

 Uno de los que sobrevivió a los excesos, por llamarlos de alguna manera, de Criado fue el gobernador civil de Sevilla, José María Varela Rendueles, que, años después, recordó el interrogatorio que le hizo Criado. La escena comenzó con la siguiente frase del represor: “Ante todo, lamento que hasta ahora no haya sido usted fusilado. Por mi gusto vestiría de luto su familia”.

Podríamos continuar yendo pueblo por pueblo y dando cifras y relatos de la masacre, pero, por su importancia, continuaré citando discursos de Queipo de Llano. Este fue pronunciado cuando llegó la columna del sanguinario Castejón a Morón de la Frontera:

“En Morón se ha hecho un escarmiento, que supongo impresionará a los pueblos que aún tienen la estulticia de creer en el marxismo y en la esperanza de podernos resistir. (…) A todos les recuerdo que, por cada persona honrada que muera, yo fusilaré, por lo menos, diez; y hay pueblos donde hemos rebasado esa cifra. Y no esperen los dirigentes salvarse, apelando a la fuga, pues los sacaré de bajo de la tierra, si es preciso, para que se cumpla la ley”.

El 18 de agosto, los militares sublevados ya habían conquistado la mayoría de las ciudades y pueblos de Cádiz.

Según los datos aportados por Paul Preston en El Holocausto español, la matanza alcanzó a 3.012 víctimas, que se centraron en los que desempeñaban algún tipo de función en las instituciones republicanas, los partidos políticos y sindicatos de izquierdas, o que simplemente simpatizaban con las ideas republicanas. En definitiva, todo el que hubiera participado en una huelga durante los 10 años anteriores al régimen era una víctima potencial.

La matanza de Badajoz

Sólo en la mencionada ciudad de Badajoz fueron asesinadas 3.800 personas durante la Guerra y los primeros años de dictadura, según datos del historiador Francisco Espinosa, autor de la obra La columna de la muerte.

Si recurrimos a Paul Preston, que toma en consideración toda la provincia de Badajoz, la cifra aumenta a 8.914 asesinados por parte del ejército rebelde ¿Cuál era el delito tan grave que habían cometido los pacenses?

El historiador Justo Villa señaló que el pecado original de estas gentes fue que durante el Bienio Negro de la II República más de 60.000 jornaleros pacenses, dirigidos por la Federación Española de Trabajadores de la Tierra (FETT), habían ocupado cerca de 23.500 hectáreas de tierra sin trabajar cuya propiedad se repartía entre tan sólo siete propietarios.

Fue la mayor ocupación de tierras del período republicano y el motivo por el cual la conquista de Badajoz tenía que ser ejemplar. De hecho, está considerada como una de las grandes matanzas ejecutadas durante la Guerra Civil. De estos hechos, que sucedieron en agosto de 1936, quedan varios testimonios muy interesantes.

El primero en llegar a la zona, por cercanía, fue el periodista portugués Mario Neves, quien trabajaba para el medio luso Diario de Lisboa. Tras cinco días de conflicto, el periodista abandonó Extremadura espantado por la barbarie y juró no volver jamás. El historiador Justo Villa conoció a Neves muchos años después: “Me contaba que lo que más le espanto fue que una tarde que estaba a varios kilómetros de la ciudad vio un densa columna de humo. Se acercó y cuando llegó se encontró con 300 o 400 cadáveres ardiendo. Ese día salió ‘pitando’ de este país”, recuerda Justo.

A los recuerdos, y las crónicas, de Neves se suman otras de periodistas extranjeros. El periodista estadounidense Jay Allen escribió para el Chicago Tribune: “Esta es la historia más dolorosa que me ha tocado escribir. La escribo a las cuatro de la madrugada, enfermo de cuerpo y alma, en el hediondo patio de la Pensión Central (…). Miles fueron asesinados sanguinariamente después de la caída de la ciudad. Desde entonces de 50 a 100 personas eran ejecutadas cada día. Los moros y legionarios están saqueando. Pero lo más negro de todo: la policía internacional portuguesa está devolviendo gran número de gente y cientos de refugiados republicanos hacia una muerte certera por las descargas de las cuadrillas rebeldes”, escribe Allen.

La declaración que mejor resume el espíritu de aquellos días la consiguió el también periodista estadounidense John T. Whitaker, del New York Herald Tribune. El estadounidense preguntó al General Yagüe, responsable militar de todo cuanto allí acontecía, sobre lo sucedido y sobre la suerte que habían corrido los presos. Yagüe contestó: “Por supuesto que los matamos. ¿Qué esperaba usted? ¿Iba a llevar 4.000 prisioneros rojos conmigo, teniendo mi columna que avanzar contrarreloj? ¿O iba a soltarlos en la retaguardia y dejar que Badajoz fuera roja otra vez?”

Este corresponsal de guerra, que abandonó el país en 1937, tras ser amenazado de muerte por militares golpistas, recogió otras declaraciones muy importantes del oficial de prensa del bando franquista, Gonzalo de Aguilera, que le señaló durante el asedio del Alcázar de Toledo, que el objetivo era “matar a todos los rojos para extirpar el virus bolchevique y librar a España de ratas y piojos”.

La carretera de Málaga. 

Las últimas provincias andaluzas en caer en manos del ejército franquista fueron Málaga y Almería, por este orden.  Málaga fue ocupada el 8 de febrero de 1937 por columnas rebeldes y tropas italianas, tras continuos bombardeos de la aviación, también italiana, y los buques de guerra franquistas.

Carretera de Málaga.- Cedida por Jesús Majada

Carretera de Málaga.- Cedida por Jesús Majada

Durante las siguientes siete semanas fueron juzgadas 3.041 personas y 1.574 fueron ejecutadas. El último presidente del Gobierno de Franco, Carlos Arias Navarro, estuvo entre los jueces militares responsables de la matanza.

Antes de la toma de la ciudad, decenas de miles de refugiados habían huido con lo puesto por la única salida posible: la carretera a Almería por la costa. La actual N-340 es considerada por muchos como “la carretera de la muerte”.

Por el norte de Málaga llegaban las tropas italianas; por el oeste, el ejército de Queipo de Llano; y por mar, los buques del bando franquista. Saber con precisión cuánta gente murió allí es imposible. Paul Preston señala que “parece seguro que más de 3.000″.

Tuve la suerte de conocer a dos de los niños que recorrieron aquel trayecto y sobrevivieron. Natalia Montasaroa tenía 13 años aquel 7 de febrero de 1937  y de Salvador Guzmán.

Natalia: “Salimos de Málaga el día 7 a las diez de la noche. Teníamos miedo porque oíamos a Queipo de Llano por la radio, que decía: ‘Malagueños, maricones, ponedle pantalones a la luna’. La carretera estaba llena de gente. No se me olvidará nunca una mujer con un niño pequeño en brazos; habían disparado desde el barco un proyectil, y las piedras que saltaron le dieron a la mujer en la cara: ella quedó muerta con el niño en brazos, al que no le pasó nada…”, recuerda Natalia.

Natalia, no obstante, no llegó nunca a Almería. El ejército italiano los alcanzó antes. “La cuarta noche de travesía recuerdo que veíamos muchas luces detrás nuestra. Le pregunté a mi padre que qué era y me dijo que se trataría del alumbrado de alguna localidad. Eran los tanques italianos. La gente se escondió en el monte. Desde los tanques disparaban con las ametralladoras a todo lo que se movía. Al día siguiente regresamos al camino, una mujer escondida en la cuneta había sido aplastada por los tanques. Ya no tenía sentido seguir adelante, los nacionales habían cortado la carretera de Motril”, asegura.

Natalia y su familia dieron media vuelta y regresaron a Málaga. “Por la carretera vimos muchos muertos: milicianos ahorcados; una familia entera (el padre miliciano, la madre y tres niños) con tiros en la cabeza; muchos prefirieron suicidarse y dar muerte a su familia antes de caer en manos de los nacionales. Cuando llegamos a Málaga a mucha gente la encerraron en un barco que había en el puerto, y a otros muchos los fusilaron”, sentencia Natalia.

Carretera de Málaga.- Cedida por Jesús Majada

Carretera de Málaga.- Cedida por Jesús Majada

Salvador Guzmán, de 85 años, sí consiguió llegar a Almería con su familia. Su padre, José Guzmán, era el primer teniente de alcalde del ayuntamiento de Coín (Málaga), gobernado por una coalición de PCE y PSOE. Su huida arrancó la madrugada del 7 de febrero. En un coche, “similar al Renault 4-L de los 60”, la familia del alcalde de la ciudad y la suya emprendieron un largo camino con destino en Almería. En total, diez personas en un coche de 1937.

“Lo primero que se queda en mi retina sucedió nada más salir de Málaga. En un cruce, vi como un hombre le pegó un tiro en la sien a sus dos hijas, después a su mujer y, por último, a él mismo. Fueron los primeros muertos que vi en mi vida pero, desgraciadamente, no fueron los últimos”, recuerda Salvador, que asegura que a lo largo de su travesía su vehículo fue objeto de los disparos de los buques del bando franquista Cervera y Canarias.

“Los primeros misiles los tiraron a nuestro coche porque pensarían que éramos tropa. Aquello era lo más cercano al infierno que he visto nunca. Conseguimos refugiarnos en un corte de la carretera. Entonces, vimos a unos paisanos de Coín que también huían. Les dijimos que no pasaran, pero no nos hicieron caso. Vimos como su coche reventaba en cientos de pedazos”, asegura Salvador.

Cuatro días después, la familia de Salvador consiguió llegar a Almería. Por el camino quedaron miles de víctimas. Para desgracia de los refugiados la aviación italiana estaba esperando a los fugitivos. “Los aviones italianos vinieron todas las noches. Bombardeaban el centro de la ciudad donde había miles de refugiados”, relata Salvador, que se encontraba refugiado en la casa de unos amigos de la familia.

Las noches de bombardeos sobre la capital de Almería serían los últimos que la familia de Salvador pasaría unida. Terminada la guerra su padre fue detenido, humillado públicamente y encarcelado. En 1947, fue fusilado.

El drama de los exiliados y el bombardeo sobre Almería fue recogido por el cirujano pulmonar canadiense, Norman Bethune, que acudió a la Guerra Civil española como voluntario del Socorro Rojo.

“Arrojaron diez bombas en el centro mismo de la ciudad, en la calle principal de Almería, donde, amontonados en el pavimento, dormían exhaustos los refugiados. La calle parecía un degolladero, con los muertos y los agonizantes, alumbrado por las llamas de los edificios que ardían”, escribe Norman Bethune en su cuaderno.

Carretera de Málaga.- Cedida por Jesús Majada

Carretera de Málaga.- Cedida por Jesús Majada

Antes, había descrito cómo era “la carretera de la muerte”: “Imaginaos 150.000 hombres, mujeres y niños que huyen en busca de refugio, temerosos del ejército nacionalista del general Queipo de Llano. No hay más que un camino. No hay más vía de escape. La ciudad que buscan es Almería, y hay que andar hasta allí cerca de 200 kilómetros (…) Tienen que caminar mujeres, ancianos y niños… tambaleándose, tropezando, abriéndose los pies en los pedernales polvorientos, mientras que los fascistas los bombardean sin piedad desde los aviones y los cañonean desde el mar”.

Los últimos días de la Guerra

Durante los últimos días de la guerra, con toda la Península ya conquistada por el ejército franquista, decenas de miles de personas huían despavoridas de sus poblaciones de origen en dirección a la costa. Querían huir, fuera como fuera. El general Casado y su séquito, última autoridad republicana tras su golpe de Estado en el Madrid republicano de marzo de 1939, abandonaban España el 30 de marzo escoltados por el propio ejército franquista y la marina británica a través del puerto de Gandía.

No sucedió igual con la multitud agolpada en el puerto de Alicante. El 28 de marzo de 1939, zarpó el último barco con exiliados republicanos. Fue el Stanbrook. Cerca de 14.000 continuarían en el puerto esperando otro barco que jamás llegó. Franco lo impidió. Franco los quería a todos.

Helia González fue una de las pasajeras de aquel último barco. Tenía entonces cuatro años y tres meses. “Recuerdo cómo mi madre preparó una tortilla de patatas con un solo huevo para los cuatro y partimos para Alicante”, recuerda Helia, que vivía en aquel entonces y vive hoy en la ciudad de Elche. La familia de Helia llegó a Alicante al anochecer. En unas horas, a las 11, zarparía el penúltimo barco del exilio. Helia y su familia sí pudieron subir al Stanbrook.

“Nada más salir comenzaron a caer bombas donde estaba atracado el barco. Creo que eran los italianos“, recuerda Helia.

Stanbrook

Stanbrook

El Stanbrook era un viejo carguero inglés comandado por el capitán Archival Dickson, que desobedeció las órdenes de sus superiores y decidió subir a bordo a 3.028 personas, entre ellos 147 niños. Otras decenas de miles no encontrarían esta salida.

El escritor Eduardo de Guzmán, que quedó en el puerto, describiría en su cuaderno las escenas que se sucedieron en ese mismo lugar durante las agónicas horas de espera de un barco que nunca llegó. “Continúan los suicidios. En la parte exterior del muelle dos cadáveres flotan junto al rompeolas. Un individuo pasea por el muelle con aparente tranquilidad y se pega un tiro en la cabeza. Otro muchacho se pega un tiro y la bala, después de atravesar su cuerpo, hiere mortalmente a un viejo de pelo blanco. Dos días más y el fascismo no tendrá nada que hacer porque nos habremos matado todos“.

Helia y su familia consiguieron llegar a Orán, donde desembarcó el Stanbrook tras semanas de espera en el puerto. Fue internada en un campo de concentración donde consiguió salir porque un amigo de la familia se enteró que estaban allí.

“Solamente se podía salir de los campos si alguien iba a buscarte. Conocimos a una señora muy mayor, madame Martínez, que consiguió sacar a todos los Martínez alegando que eran todos hijos suyos”, rememora.

En Argelia operaba una compañía de teatro español que había quedado dividida en dos, como España, tras el golpe de Estado de los militares. “La compañía estaba formada por dos familias. Los Salguero se volvieron a España y la familia Pineda vino a buscarnos para completar la compañía”, apunta.

Los siguientes ocho años, Helia y su familia recorrieron cada una de las poblaciones de Argelia con la compañía de teatro español. “No iba al colegio, ni tenía casa fija. Viajábamos en carros, a pie o en autobuses cargados hasta la baca. Actuábamos en patios de colegio, en las salas de bar, en los patios de las casas, etc.”, señala esta señora, que recuerda que la obra que más gustaba al público era Tierra Baja de Angel Guimerà. En julio de 1949 la familia consiguió regresar a España y rehacer su vida.

Pero no todos los refugiados en Alicante tuvieron la misma suerte. Muchos de ellos acabaron en el campo de concentración de Los Almendros donde llegaron a estar recluidos hasta 30.000 condenados. José Eduardo Almudéver, de 93 años de edad, recuerda su primera experiencia en el campo de Los Almendros:

“El primer domingo vino a visitarnos el falangista Ernesto Giménez Caballero. Se subió encima de un pequeño banco. Nos miró a todos desde arriba y nos dijo: ‘Así como estáis todos delante de mí, os podría matar con una ametralladora'”.

El segundo domingo de abril visitó el campo, según recuerda Almudéver, el párroco de Albatera, quien acompañado de cuatro militares “limpió los bolsillos” de todos los presos.

“Nos robó todo lo que teníamos encima. Me quitó la pluma estilográfica, lo único que tenía encima. Recuerdo que me dijo: ‘Esto no es para un alfabeto como tú’. El cura ni siquiera sabía decir la palabra analfabeto. Dios creó el domingo para no trabajar y el cura vino a robarnos ese mismo día. ¡Qué cosas!”, ironiza Almudéver, quien señala que lo más sangrante no fue ya el robo sino que al día siguiente el cura publicó en el boletín parroquial que los presos republicanos habían donado por su propia voluntad dinero y joyas por valor de tres millones de pesetas.

 130.199 asesinados

Según los datos de Paul Preston, durante la Guerra Civil murieron alrededor de 300.000 soldados en los frentes de batalla. Alrededor de 200.000 hombres y mujeres fueron asesinados lejos del frente a través de ejecuciones extrajudiciales o tras precarios procesos legales durante los años de la guerra y un número desconocido de hombres, mujeres y niños fueron víctimas de los bombardeos, el hambre y los éxodos que siguieron a la ocupación de los militares de Franco.

En el conjunto de España, tras la victoria definitiva de los rebeldes el 1 de abril de 1939, alrededor de 20.000 republicanos fueron ejecutados. Muchos más murieron de hambre y enfermedades en las prisiones y los campos de concentración donde se hacinaban en condiciones franquistas.

No obstante, calcular el número de republicanos exterminados por la violencia rebelde ha entrañado un sinfín de dificultades. Millones de documentos de la Falange, de los cuarteles de Policía provinciales, de las cárceles y del Gobierno Civil han sido destruidos. Preston narra caravanas de camiones que se deshicieron de los registros judiciales de la represión. A pesar de todo, las investigaciones exhaustivas llevadas a cabo permiten afirmar que, en términos generales, la represión de los rebeldes fue aproximadamente tres veces superior a la de la zona republicana. Hoy por hoy, la cifra más fidedigna, aunque provisional, de muertes a manos de los militares rebeldes y sus partidarios es de 130.199.

Pero, como se ha intentado resaltar a lo largo de todo el escrito, el franquismo, o los crímenes que cometió, no se reducen al asesinato de unas decenas de miles. Se trata de una represión ejercida en distintos ámbitos que el historiador Francisco Gómez ha calificado como multirrepresión”.

Esta idea viene a insistir en que el franquismo no trató sólo de destruir físicamente a la antiEspaña, sino sobre todo se trato de la persecución de la mitad de un país después, de una clase social y de todo un sector vencido.

“La multirrepresión comprende la eliminación de los derechos generales, las posibilidades de supervivencia, el derecho a la alimentación, el derecho al trabajo, la libertad, echarlos a las cárceles, privarlos de la patria y echarlos al exilio, eliminar los derechos de los padres sobre los hijos, cercar por todas partes a los vencidos y matarles la esperanza. La limpieza y el exterminio en España fue esto: la exclusión, no sólo física, sino de todo orden, de la mitad de la población, por sus ideas políticas y definición social”, señala Gómez.

Porque Franco no sólo eliminó familias enteras y dejó viudas y huérfanos. También los dejó sin dinero, sin derechos, sin presente, ni futuro.

Tras la derrota republicana, quedaron anulados nada menos que 13.251 millones de pesetas del dinero republicano, más otros 10.356 millones en depósitos bancarios. En total, todo el dinero de la República quedó anulado: alrededor de 23.607 millones de pesetas. Fue un golpe de efecto total contra los vencidos: los dejó sin un duro, con una mano detrás y otra delante.

La pobreza represiva empezó con la usurpación total de bienes (expolio directo, expedientes de incautación de bienes y ley de responsabilidades políticas), a lo que siguió la exclusión laboral absoluta (excluyendo a los vencidos del trabajo público, oposiciones y cualquier tipo de concesiones, todo lo cual quedó como botín de guerra para los vencedores), a lo que hay que sumar finalmente el uso de las listas negras, por las que se negaba el trabajo jornalero local a los que no se hubieran humillado lo suficiente, bajo las exigencias del nacionalcatolicismo.

Además, cabe destacar que, además de las matanzas, el hambre en las calles y en las cárceles, se convirtieron en una práctica que Franco lanzó contra los vencidos.  El año 1941 fue el año de mayor exterminio por hambre, tanto en los campos nazis como en las prisiones de Franco. El caso judío y el caso español coincidieron en 1941.

No se me ocurre otra manera de cerrar este texto que trayendo hasta aquí las líneas que escribió el escritor francés Max Aub tras visitar el ya mencionado Campos de los Almendros:

“Estos que ves ahora deshechos, maltrechos, furiosos, aplanados, sin afeitar, sin lavar, cochinos, sucios, cansados, mordiéndose, hechos un asco, destrozados, son, sin embargo, no lo olvides, hijo, no lo olvides nunca pase lo que pase, son lo mejor de España, los únicos que, de verdad, se han alzado, sin nada, con sus manos, contra el fascismo, contra los militares, contra los poderosos, por la sola justicia; cada uno a su modo, a su manera, como han podido, sin que les importara su comodidad, su familia, su dinero. Estos que ves, españoles rotos, derrotados, hacinados, heridos, soñolientos, medio muertos, esperanzados todavía en escapar, son, no lo olvides, lo mejor del mundo. No es hermoso. Pero es lo mejor del mundo. No lo olvides nunca, hijo, no lo olvides”.

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